Muchas veces olvidamos que a parte de tener el monopolio de la violencia física, también tienen el de la simbólica. El de la soberbia continua y el restregarte que están siempre por encima; el del desarmado que reivindica algo que cree justo frente al armado por tus impuestos dispuesto a detenerte o golpearte; el del “obedece y calla” mientras pisotean tu dignidad ; el de que te acusen de desorden público o desobediencia a la autoridad por lo que les venga en gana; el de ir a denunciar determinados delitos y que te digan “vuélvete a tu casa o ya verás” (como les han dicho tantas veces a mujeres maltratadas); el de estar detenido y en un frío calabozo durante decenas de horas sin que dejen que nadie sepa nada de ti; o el de pedir el número de placa y que te respondan “un 43 de mi bota en tu cara”. ¡Qué felicidad!
Eso se llama violencia simbólica, y no es coyuntural, sino del día a día. Esa actitud, posición y espíritu es estructural, y hechos como a los que me acabo de referir pasan, con connotaciones diversas, un día tras otro. Y pasan desapercibidos para muchos, pero están ahí continuamente. Por eso da más rabia que no se tenga en cuenta su gran importancia. Y como los medios convencionales sólo olfatean (y cuando les conviene) el amarillismo de los palos y de la sangre, parece que no son, que no existen.
Todo esto en sociedades crecientemente infestadas de cárceles y armas, donde los trabajos que más demanda de personal tienen son los de las fuerzas represivas: policía, ejército, seguridad privada. Mientras, el paro rebosa por todas partes, sea en trabajadores del sector primario y secundario o en innumerables licenciados que se tienen que arrastar viendo su futuro negro. Háganse policías o militares, verán como son felices y el futuro lo tienen asegurado.
Unas sociedades que, como la española invierten (invertimos por medio del Estado, sobre el que ninguna democracia preguntó si lo queríamos o no) en investigación militar tres veces más, repito, tres veces más que el dedicado a investigación científica básica, fuente principal de financiación de las Universidades y el CSIC; o cerca de veintiséis, repito, veintiséis veces más que el dedicado a investigación agraria. Sólo cinco empresas relacionadas con la industria militar (EADSCASA, General Dynamics, SENER, Navantia e ITP) se embolsaron de dinero público más de dos veces lo que reciben todas las Universidades y el CSIC para I+D civil. Una de ellas -General Dynamics, una de las principales proveedoras del Pentágono- ha recibido así del Estado español, para el desarrollo de dos tipos de carros de combate, más dinero que el destinado a toda la investigación sanitaria [1].
Sean felices, en su Estado policial.






