Se está hablando y escribiendo mucho acerca del 2 de mayo de 1808, pero sorprende ver cómo quienes lo hacen advirtien previamente que sólo ellos saben lo que pasó exactamente en aquellas fechas. Sólo ellos están capacitados para interpretar los hechos que, según nos cuentan, cambiaron el rumbo del pensamiento y la política en España; aunque pocos se atrevan a definir qué es España y, aún menos, qué es el pensamiento.
Políticos oportunistas que han visto un importante filón en este centenario para promocionar su pensamiento decimonónico en los tiempos que corren, y de paso postulándose así como abanderados de causas otrora perdidas; reyes que legitiman a sus antecesores absolutistas a través de un revisionismo descarado que sólo convence a fanáticos y analfabetos; liberales huérfanos que reescriben la historia en busca de unos padres que nunca tuvieron; periodistas que jamás estudiaron historia y que creen haber encontrado suficiente material histórico para reinventar una historia al más puro estilo hollywood... Todo es demasiado triste.
Me interesa hacer ver que resulta, sin embargo, hartamente divertido, por la complicación del asunto, ver cómo los liberales españoles intentan hacer converger sus ideas con las de los conservadores tradicionalistas de este país. Llevan así decenas de años. Para conseguirlo se ven obligados a echar mano del ministerio de la verdad, en términos orwellianos, una y otra vez. Pero con un coste en coherencia y en credibilidad tan elevado que, tarde o temprano, espero que les conlleve grandes pérdidas.
Me temo, no obstante, que el problema es que en este país no lee ni Dios. Ni los de derechas, que cierran filas en torno a líderes que sólo buscan subir en fama e influencia, ni los de izquierdas, que ahora mismo tendrían que estar armando un jaleo impresionante por las barbaridades escuchadas en los últimos días.
Quienes me conocen saben que a mí España, el patriotismo cerrado y el sentimentalismo fácil me causan total indiferencia. Pero esta vez ni siquiera se trata de eso, sino de algo mucho más simple: la realidad y coherencia histórica. Es, por ejemplo, realmente indignante escuchar al rey decir que la reacción a la invasión francesa supuso "una toma de conciencia de identidad nacional, de la Nación, basada en las ideas de libertad, unidad, igualdad y solidaridad".
La identidad nacional se creó en la constitución de 1812, y con bastante poca efectividad. La identidad nacional, y no podemos cansarnos en decirlo, es una construcción social y, como tal, sólo pueden hacerla los poderosos. Es la mejor herramienta, junto con el miedo, para mantener a los subordinados en torno a sus líderes. De ahí que sea lógicamente incompatible con los ideales de izquierdas. Pero aún más, la identidad nacional no está ahí, esperando ser descubierta. Eso es una valiente tontería que revela que se pretende decir algo más, sin atreverse, sobre la superioridad hacia el resto de seres humanos y, desde este enfoque, también hacia el resto de naciones.
Las ideas de libertad, igualdad y solidaridad no eran defendidas por aquellos partidarios de Fernando VII, que preferían una monarquía absolutista basada en las viejas ideas feudales. Éstos eran los más apasionados, y fácil es pensar que además también los más brutos. La barbarie no sólo estaba institucionalizada, sino que también estaba interiorizada por una multitud de analfabetos que salían a defender a un rey que era para ellos como un padre autoritario pero bonachón. Tampoco los liberales de entonces proponían grandes y radicales cambios sociales, e incluso se mostraron incapaces de enfrentarse a la desigualdad intrínseca de la monarquía, mientras que los franceses habían pasado por la guillotina al suyo en un gesto de compromiso ideológico mucho más fuerte. Tomando los valores de libertad, igualdad y solidaridad como ideales, los invasores franceses se quedaban mucho más cerca de ellos que sus hermanos españoles.
La cuestión de la unidad es, por mucho, la mayor barbaridad que se ha escuchado recientemente. Juan Carlos I se ha atrevido a declararlo en voz alta, mientras que el resto de la derecha ha preferido dejarla entreveer implícitamente en sus frases referentes a la Nación Española. Pero yo me pregunto, ¿se referirá el Borbón a la unidad total de los territorios que en ese momento representaban a España, o a los actuales? ¿Qué quiere decir con esta muestra de ignorancia histórica? Ni siquiera había infraestructuras para coordinar los diferentes territorios de la península... ¿cómo puede pretender este tipo que España fuera algo más que la ilusión de unos cuantos interesados?
España siempre ha sido fundamentalista en sus ideologías, y ahí tenemos a la Iglesia católica con su inquisición, Contrarreforma e intolerancia general, pero es hora de que se impida reinventar la historia a quienes la necesitan modificada para justificar sus oscuras intenciones. Esta tarea propia de fascistas tiene que tener un coste, o estaremos abocados a un futuro demasiado incierto.






