Si millones de personas hemos soñado, y soñamos, con alcanzar un ideal socialista en la sociedad, también millones de personas padecen ya las consecuencias de un sistema totalmente antagónico al que deseamos que se define, ¡pardiez !, también como socialista. De hecho, si tuviéramos que describir un tipo de sociedad completamente distinta a la que perseguimos, seguramente acabaríamos imaginando algo muy parecido a lo que hoy ya existe en China.
El gran país asiático se caracteriza por un crecimiento basado en las exportaciones, para lo cual se encarga de mantener bloqueados los salarios de los trabajadores, reduciendo así costes, mientras sigue reproduciendo el sistema productivo vía acumulación. Los trabajadores no tienen derechos laborales, dado el sistema dictatorial establecido, de modo que están al pleno antojo de los gobernantes. Además, China mantiene el tipo de cambio fijo, con la moneda depreciada artificialmente para mantener las exportaciones creciendo. Y todo ello sin inflación, porque para conseguir mejores resultados en la balanza comercial limita el consumo interno, lo que se ve ayudado por los salarios tan reducidos.
Por supuesto, esto es explotación, tanto desde la perspectiva liberal (los salarios no se corresponden con la productividad marginal ; son mucho menores) como desde la perspectiva marxista (el valor creado es mucho mayor que la remuneración final percibida por el trabajador, por no hablar del democrático modo de asignar la cantidad destinada a acumulación). Hay un haz de plusvalías volando en dirección en todas direcciones, menos a la que debería.
De hecho, occidente está sacando buenos rendimientos de este sistema, en el que se apoya para que las multinacionales obtengan mayores beneficios (los cuales, por otra parte, crecen mucho más rápido que los salarios de los trabajadores occidentales, incrementando la pobreza relativa de aquí). China recibe con los brazos abiertos estas inversiones, porque le permiten crecer más deprisa siguiendo el modelo establecido de salarios controlados.
La dependencia de China es, no obstante, muy acentuada. Al tener muy limitado el consumo interno, basa su crecimiento en la demanda externa, esto es, en las exportaciones. Por eso ha cedido en algunos puntos a las exigencias occidentales : una reacción negativa de éstos, al modo de un boicot, podría acabar con el sistema de desarrollo chino.
Y los trabajadores, en la pobreza más absoluta. No sólo económica, sino también social, cultural y, por si fuera poco, de la derivada de la más dramática alienación. Son personas que trabajan, obligadas y seguramente de por vida, para otros. En un grado tal que resulta indignante que nadie diga nada.
Y en el 2008 vamos los occidentales a echarnos unas carreras, a mitad de camino entre ocio y negocio, en las olimpiadas. Podemos irnos preparando para ver cómo el sistema de consumo occidental, vía publicidad, nos venderá a China como un país paradisiaco mientras lo observamos todo sentados en nuestros sillones y cambiando de canal con un mando Made in China.






