El insaciable cemento se ha bebido toda el agua. El desarrollismo incontrolado es el culpable del déficit hídrico de los ríos, de la sobreexplotación de los acuíferos y de la falta de recursos de la agricultura. El modelo económico del PP, heredado del franquismo, ha acabado con todo. Ya no queda terreno en la costa donde construir, paraje que destrozar, ni pozo que secar.
Ante esta situación no se diseña un plan de reducción del consumo, ni se invierte en reutilización, modernización de regadíos o mejora de las conducciones. La solución mágica diseñada por el PP consiste en trasvasar agua de un río a otro para continuar abasteciendo campos de golf y piscinas. Un viejo proyecto rescatado de algún cajón que resultaba especialmente rentable para empresas adjudicatarias e industria energética. Y así es como, con el beneplácito del Consell y a cuenta del agua que algún día llegaría, continuaron brotando macroproyectos. Pero el cántaro se rompió.
Los trasvases no resisten un debate técnico serio, ni el del Ebro ni ninguno. El modelo consiste en explotar los ecosistemas acuáticos mediante obras con cargo al presupuesto público, sin preocuparse ni de los impactos ambientales ni del coste real del agua. Una aberración justo en dirección contraria a la normativa europea. Sin embargo, con guerra del agua incluida al PP le salen las cuentas, la maniobra consiste en perder votos en Aragón y Cataluña a cambio de llenar el saco en el País Valencià y Murcia. La política hídrica del PSOE es la misma, pero mandando los votos en dirección contraria.
Si algún día logramos que los votos dejen de medirse por hectómetros cúbicos podremos conciliar de manera sostenible demanda y oferta, sin demagogia.






