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Más de medallas

Martes 17 de marzo de 2009, por Isabelo Herreros

No puedo por menos que suscribir la opinión de mi compañero Pedro A. López Gayarre, en relación a la concesión de la medalla de las Bellas Artes a Francisco Rivera Ordoñez, que ha originado una salida airada, —con devolución incluida— por parte de Paco Camino y José Tomás. La polémica, desatada por los ofendidos maestros, no ha beneficiado a la fiesta, y sólo ha servido para dar pasto a revistas y programas televisivos del corazón, además de argumentos a quienes niegan el pan y la sal a todo lo que tiene que ver con la tauromaquia. Efectivamente, aunque nadie lo ha señalado, hay un máximo responsable en todo esto, el ministro de Cultura, don César Antonio Molina, a quien no se le conoce afición taurina, —ni tiene por qué tenerla—, pero sí tiene obligación de contar con opiniones autorizadas, como cuando su ministerio otorga premios en otros ámbitos, léase literatura, pintura, cinematografía o teatro.

La salida a la palestra de Paco Camino ha dado que hablar en tertulias de todo tipo, incluida la que frecuento, y los aficionados más veteranos recordaban la vinculación con Méjico de El Niño Sabio de Camas. En la plaza de Insurgentes de México tuvo Camino tardes gloriosas y la afición de este país tan taurino lo convirtió en su torero “consentido”. En Méjico tuvo amores el matador y emparentó, nada menos, que con la familia Gaona. El primer hijo del diestro, que reside en el DF, se hace llamar Paco, y luce con orgullo sus dos apellidos: Camino y Gaona; actualmente se dedica a apoderar toreros y no hace mucho realizó, junto a muy doctos cronistas taurinos, un video que recoge las mejores faenas de su padre por aquel país.

La memoria nos trae a colación la figura de Rodolfo Gaona, torero mejicano que triunfó durante el primer tercio del siglo XX, no solo en tierras americanas si no también en España, donde llegó a casarse con una joven actriz, Carmen Ruiz de Moragas, celebre por sus éxitos en los escenarios y también por haber sido amante de Alfonso XIII, con el que llegó a tener dos hijos, uno de ellos el pintoresco Don Leandro de Borbón. El matrimonio de la actriz y el torero duró muy poco, en particular porque el torero puso el Océano Atlántico por medio, al regresarse a su querido Méjico. Estos desamores dieron pie a una novela de tesis y también a una película, con el titulo de “La malcasada”, donde se planteaba de forma directa la necesidad de la regulación del divorcio en España.

El autor del libro, Francisco Gómez Hidalgo, sería también el director del largometraje, con estreno en 1927, y en el que participaron como actores unas cien personalidades de la época, desde toreros como Juan Belmonte e Ignacio Sánchez Mejias, políticos como el Conde de Romanones y Marcelino Domingo, abogados como José Serrano Batanero y Felipe Clemente de Diego, pintores como Julio Romero de Torres y Santiago Rusiñól, escritores como Ramón del Valle Inclán y Antonio Zozaya, y así hasta los mas de cien de que hablo. Buena parte de la película transcurre y se rodó en Toledo, y puede que por ello aparezcan personajes toledanos como el maestro Jacinto Guerrero, el periodista y después ministro republicano Emilio Palomo, y el canónigo José Polo Benito. Hay que señalar que Francisco Gómez Hidalgo, periodista muy celebre en los años veinte y treinta, y que moriría prematuramente en el exilio, era natural de Val de Santo Domingo. La película ha sido muy estudiada por un buen número de historiadores del cine español, que señalan la originalidad de la misma, al representar a los personajes reales con actores y a los interpretan la ficción con sus nombres y apellidos.

Aunque supongo que es mucho pedir que Francisco Gómez Hidalgo tenga algún reconocimiento en su pueblo, no pasaría nada si las instituciones culturales toledanas, aunque no estimen pertinente investigación alguna, dispusieran de tan singular película y que se propiciase el conocimiento del eminente periodista, también autor y director teatral.

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1 Mensaje

  • Más de medallas

    18 de marzo de 2009 12:30, por Francisco Valdivia

    En el siglo XVII las corridas de toros tenían lugar en las plazas mayores. Éstas eran valladas, arenadas, y se disponía todo para que constituyera una diversión popular. Hijosdalgo de a caballo exhibían su valor y montura, dejando paso a espontáneos del pueblo que inventaban mil y una suertes a cual más cruenta y osada para acabar con el salvaje bruto. Famoso es el caso de un zapatero que alanceó espectacularmente a un toro desde abajo, dejándolo ensartado y escapando milagrosamente ileso, como recoge el relato de un viajero francés. Los toros, y otros festejos civiles y religiosos, contribuían a reforzar y consolidar entre el pueblo – arrasado por el hambre, la peste y la guerra - el mensaje de conformismo que se transmitía a través de los medios de la época: el teatro, la iglesia y la literatura de ficción.

    Fue durante la monarquía abosoluta de Fernando el deseado cuando la fiesta de los toros recibió, por deseo de este príncipe, la reglamentación que conserva hoy día. Bien sabía Fernando que al pueblo había que tenerlo entretenido, y que los espectáculos atroces eran de gran efectividad, pues aprovechaban los instintos primarios del vulgo inculto, el gusto por la crueldad y la identificación con el matador chulesco, aspectos que han llegado a conformar un producto cultural cuya esencia es la crueldad innecesaria hacia un animal, y su fin último el adocenamiento, el control de la masa.

    La actual consideración social y mediática de la fiesta de los toros, y los poderes económicos que ha llegado a forjar, hace que hoy día ni siquiera se llegue a plantear la supresión de las suertes sanguinas, y así reducir a arte, valor humano y belleza animal el espectáculo. La fiesta de los toros – en su forma actual – es uno de los tumores malignos de la cultura española. A su luz, se explica la crueldad de los generales rebeldes, el celo fanático de los inquisidores... A su luz, las banderillas y estoques que el pueblo español ha soportado durante siglos. Sintiéndome pueblo, y pueblo republicano, sólo puedo identificarme el toro que muere en la plaza, vomitando sangre, extenuado hasta el límite de las fuerzas, sin saber lo que le han hecho ni por qué. No hay belleza en la tortura, ni es arte matar.

    Francisco Valdivia

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