Güell, CTXT y los juicios de Moscú

Vyshinsky, el fiscal de los juicios de Moscú. Supongo que los admiradores de Güell tienen un póster suyo en el cabezal de su cama

Como muchos de mis lectores saben, desde el Affaire Balcells he intervenido en el debate público para cuestionar el rol de los llamados expertos en el funcionamiento de los sistemas democráticos y para denunciar sus conexiones con las líneas ideológicas marcadas por los partidos políticos. Como es lógico, esto me ha hecho merecedor de una pésima reputación entre mis antiguos colegas, al mismo tiempo que el interés de una audiencia no especializada crecía tanto ante mis argumentos como a las reacciones de mis críticos que, rara vez, han sido inteligentes a pesar de haber alcanzado las más altas distinciones universitarias. En realidad, la diferencia proviene de que a mí me encanta debatir con mis oponentes y aprender, mientras que ellos optaron por decir lo correcto ante la gente correcta para ascender profesionalmente e imaginar un debate abierto sin la protección de sus padrinos les produce escalofríos. Después de todo, el padrinazgo nos mantiene en una minoría de edad intelectual al impedirnos desarrollar una voz propia y nos condena a ser copistas y voceros de las tesis de nuestros jefes. Como decían los romanos, el cliente es aquel que no tiene voz propia en el foro público, porque es la voz de su patrón.

Por esta razón, cuando el pasado martes Món TV3 emitió en su programa semanal un montaje de 10 minutos realizado por el periodista Nicolás Valle a partir de una entrevista de más de una hora que me hizo el 27 de noviembre de 2018 (antes de los magníficos resultados de Vox en las elecciones andaluzas que anticipé hace más de un año, cuando todos los expertos los tildaban de freaks), varios académicos pidieron públicamente mi censura al considerar que no era un experto capacitado para emitir opiniones en una televisión pública. Además, como TV3 decidió emplear pequeños fragmentos de la entrevista para despertar el interés del público, profesoras como Laia Balcells o Berta Barbet me descalificaron personal y académicamente a partir del visionado de estos fragmentos sin molestarse siquiera en ver la entrevista. Es decir, argumentaron que mis argumentos carecían de base y que ellas eran tan expertas en juzgar el trabajo intelectual de los demás que podían hacerlo sin molestarse en conocer el trabajo de los demás. Lo hicieron en público, delante de todos, de malas maneras, de forma insistente… de hecho, solicitaron ejercer la censura en los medios de comunicación en calidad de expertas sin ningún reparo. Todo esto todavía es más insólito porque servidor denunciaba que el debate público se veía sometido a una tiranía de los expertos (como guiño al libro de Easterly) cuyos sesgos impedían el correcto funcionamiento de una democracia deliberativa.

Durante más de dos días fui insultado, vilipendiado y difamado. Se me acusó de cobrar por la entrevista (FALSO), se acusó a TV3 de haber incurrido en gastos excesivos para traerme desde Polonia (FALSO, me entrevistaron aprovechando un viaje personal que hice a Barcelona) y también se me acusó de trabajar para Bannon (FALSO, llevo más de dos años advirtiendo que es un hombre muy inteligente y que infravalorarlo es la típica estupidez que hacen los expertos). Además, tuve que demostrar todas mis credenciales académicas (aquí mi perfil académico) y explicar que la entrevista está inspirada en una conferencia que di en homenaje al profesor Pérez Ledesma a raíz de una invitación del profesor Pablo Sánchez León (otro historiador que ha sufrido la censura ordenada por intelectuales vinculados a partidos políticos). Durante dos días contesté a todos los insultos con pruebas y argumentos y sólo recibí más insultos e intimidaciones.

No obstante, se debe destacar que fueron especialmente activas un grupo de cuentas tuiteras anónimas que interactúan mucho con el tuitero Oriol Güell i Puig. Durante el transcurso de las discusiones, ellos mismos reconocieron ser académicos que empleaban esas cuentas tan agresivas como cuentas B que les protegían del escrutinio público y me recomendaban hacer lo mismo. Debo confesar que leer a profesores de universidad recomendarme que me dedicase el insulto y la difamación por internet mediante cuentas anónimas me dejó atónito al principio, pero el espectáculo demencial que pensaban dar sólo estaba empezando. Al final, el propio Güell apareció por ahí para interactuar conmigo e intentar desacreditarme. Esto de discutir con anónimos que intentan destruir tu reputación es, ciertamente, un ejercicio que requiere de paciencia, fortaleza y reflejos y a muchos los agota. A mí, simplemente, me motiva.

Por lo tanto, me pregunté por qué me odiaba tanto todo este grupo de académicos vinculados a Güell que trollean agresivamente en las redes sociales. Siempre he pensado que Güell es una cuenta colectiva de varias personas, porque suele olvidar con quién interacciona. De hecho, antes de que nuestras discusiones generasen tanta atención, cometió ese error conmigo en alguna ocasión: olvidaba que ya habíamos discutido antes. Además, a veces hablaba como alguien con formación en Humanidades, en otras ocasiones como alguien con conocimientos en derecho y la mayoría de las veces como un académico que cree tener formación en derecho. Es más, en uno de sus primeros tuits del 2 de agosto de 2014 explica que trabaja los fascismos del periodo de 1931-1945. Es decir, Güell, en origen, fue una cuenta de un historiador o politólogo que trabajaba el mismo tema que se trató en el programa del Món TV3. Es decir, Güell era un experto que podía haber sido entrevistado en mi lugar en dicho programa. Todo el show que montaron en las redes no era más que una brutal rabieta infantil porque no habían llamado a uno de sus colegas. Estaban pidiendo censurar los medios de comunicación públicos porque no los invitaban a ellos. Puro narcisismo patológico herido.

Sin embargo, todo esto devino todavía más interesante porque Güell había publicado el mismo día un artículo en CTXT. Las mismas personas que a mí me exigían enfermizamente demostrar mis credenciales académicas y crucificaron a IvanLQF por inventarse un doctorado, no tenían reparos en glorificar una cuenta anónima que escribía en un medio de comunicación suplantando una identidad falsa. Este, de hecho, es el gran error de Güell: el problema no es el anonimato, es la impostura. En noviembre de 2017, CTXT publicó su primer artículo y presentó a Oriol Güell i Puig como un persona real, un ciudadano común e independiente de los partidos políticos que pretendía ser escuchado en este mundo de embustes y manipuladores. Hasta el CM de CTXT hizo Rts de sus hilos creyendo que era una persona real.

Meses después, la cuenta Güell tuvo que reconocer que su identidad era falsa y ese habría sido el momento de convertirse en el troll con información interna de Els Comuns que es o dar el paso al debate público informado y veraz. Sin embargo, optó por mantener su ambigüedad calculada con la esperanza de intoxicar la ya de por sí agitada vida interna de Els Comuns. Esto podría ser más o menos discutible, pero, pese a todo, sería legítimo. El problema, empero, es que no podría haber publicado de nuevo en CTXT como hizo el pasado 9 de enero. En esta ocasión, el medio volvió a presentarlo como una persona real con su propia identidad, mintiendo de este modo a su audiencia, a sus lectores y a la opinión pública. CTXT rompió las reglas más básicas del código deontológico del periodismo y comprometió su independencia y veracidad. Nos mintieron a todos.

De hecho, a raíz del debate que provoqué en TW, CTXT se vio obligado a rectificar y reconocer que el autor escribía con una identidad falsa y que CTXT no permitía este tipo de malas prácticas en su medio, pero que, por la calidad del artículo, hacían una excepción. Sea como sea, ahora sólo hay dos explicaciones posibles: a) en CTXT son unos incompetentes y Güell les ha mentido y manipulado, b) en CTXT actúan de mala fe y hacen excepciones a autores de determinadas líneas ideológicas para que puedan erigirse en jueces universales de los demás sin tener que responder de sus propios actos.

Por lo tanto, esto está fuera de todo debate: CTXT ha actuado mal y ha comprometido su credibilidad. Güell ha puesto en riesgo la reputación de las personas que trabajan y colaboran allí, en su típico egoísmo narcisista ha considerado que debía poner ese proyecto colectivo a la disposición de sus propios intereses y que él merecía un privilegio que nadie más tiene, porque él es nuestro salvador. Es más, en las últimas horas Güell ha argumentado que su anonimato es necesario porque su vida está en grave peligro y si se revelase su identidad, algún independentista lo liquidaría. En este sentido, podría incluso sentir simpatía por él, porque cuando tenía 15 años el periódico valenciano ultraconservador Las Provincias lanzó una campaña contra mí por ser el director de la revista del instituto Lluis Vives La Nocturna. Salimos en la portada del medio durante una semana, María Consuelo Reyna me dedicó su columna la Gota y en la sección El cabinista ese periódico publicó durante dos semanas amenazas de muerte contra mi persona y la de mis compañeros. Era 1997, éramos menores de edad y no recibimos ningún tipo de apoyo de los partidos políticos ni de las autoridades. Era Valencia, la Valencia que juzgó a los asesinos de Guillem Agulló como unos chicos demasiado vehementes en la defensa de su ideología política.

En aquellos meses, supongo, tomé la decisión de no tener miedo y comprendí que toda lucha requiere valor. Si eres un cobarde, no luchas y das la razón a tu adversario. Si tu vida corre peligro, Güell, abandona Catalunya y organiza la resistencia desde el exilio. Te aconsejo trasladarte a Valencia, podrás encontrar a muchos colaboradores en España 2000 con experiencia en cuerpos de seguridad privados que te ofrecerán protección de forma desinteresada y te ayudarán a organizar acciones de sabotaje para liberar a tus camaradas. En serio, Güell, la vida exige valor, aunque aquellos que siempre habéis estado tutelados por la sombra de un padrino no lo entendéis.

Finalmente, una vez zanjada la cuestión deontológica, vamos a diseccionar los argumentos del artículo. Güell construye una supuesta pieza técnico jurídica a partir de una premisa demencial: la defensa debe probar la inocencia de los acusados. Lo siento, Güell, hasta yo que soy un mediocre estudiante de derecho de la UNED sé que el derecho procesal no funciona de este modo. Tu artículo ya puede ir a la papelera: es muy malo. Por otra parte, tu argumentación política no dice nada nuevo. Afirmas que los líderes independentistas pretendían hacer una declaración de independencia fake. Exacto, genio, hacían política y pretendían presionar al gobierno central para forzarlo a negociar, pero calcularon mal dos cosas: a) la performance del 1O movilizó a sus bases más de lo que esperaban, b) la reacción del gobierno central fue tan desproporcionada que erosionó su reputación ante el resto de países europeos. Todos lo sabemos y hasta parte de los gestores de la República fake lo han reconocido. Por eso, las bases del independentismo se están rebelando contra sus líderes y esto es lo que están dirimiendo ahora en Catalunya. Cómo decirlo, Güell, sólo escribes para tus camaradas del comité central. La realidad te pilla lejos y no te enteras.

Es más, si hay algo que me resulta irritante de Güell y su artículo es ese tono de stalinista de salón, de jesuita que te juzga desde el anonimato con su superioridad moral. En su artículo, comprende el derecho penal como un juicio de intenciones y exige a los acusados que confiesen y, como acto de contrición, pidan a sus verdugos una ejecución que los lleve a una muerte misericorde. Parece una especie de remedo del final de 1984, de malsana reconciliación con tu maltratador para obtener la gracia del verdugo y agradecerle su condena. Cualquier persona sana emocionalmente encontraría dicho texto un poco repulsivo, porque es propio de inquisidores. Ciertamente, Güell es un gran especialista en el periodo 1931-1945, sus principios éticos los tiene completamente interiorizados.

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